Cuando estaba terminando el bachillerato, yo sabía exactamente lo que quería hacer con mi vida profesional. Quería ser Abogada y terminar con las injusticias de mi país y del mundo, brillando en las audiencias como había visto en las películas de la televisión por cable. Lo que no sabía yo es que el mundo real del derecho, no es tan bonito, ni tan fácil como se veía en la pantalla chica.
No llegué a descubrir las diferencias entre la vida ficticia y la de verdad en el ambiente de la abogacía, porque luego de tres semestres en la universidad mi naturaleza inquieta decidió que yo quería ser otra cosa. Me di cuenta que no estaba de acuerdo con la clase de vida, con el mapa, que ya había dispuesto la sociedad para mi y todos los jóvenes, los de mi edad, los más adultos y los que seguían: Debíamos graduarnos del colegio, estudiar en la universidad, conseguir un empleo, casarnos y tener hijos, en ese mismo orden.
Lo que yo no entendía era que mi naturaleza inquieta se estaba rebelando contra el orden de las cosas y la vida de robot impuesta por lo que me sentía fuera de lugar, ya que nadie respondía mis inquietudes. Gracias a Dios, mis padres me apoyaron en mis aventuras, sin ellos tampoco saber (por que nadie se los había dicho tampoco) que seguir el orden no era totalmente necesario. Con las pocas herramientas que les dieron sus padres y sus maestros, mis padres entendieron por cuenta propia, que yo iba a ser muy infeliz si cortaban mis alas, así que estuvieron de acuerdo con todo lo que quise hacer.
Mi mapa de vida era el siguiente: dejar la universidad para estudiar algo técnico y corto que me permitiera conseguir trabajo rápido, obtener un empleo, ser independiente de mis padres, conseguir un mejor empleo, terminar una carrera más larga, llegar a no tener jefe y por último, tener hijos sin casarme. Y aunque no salió todo exactamente así, en mi mente, vivía sin darme cuenta, dos décadas por delante de mi generación.
Y es que mi rebeldía tenía un punto que ahora tiene mucha lógica, con la escasez de empleos actual y el tener que competir con muchas personas para un puesto de trabajo, lo lógico es lo práctico. Creo que es el final de 1) Estudiar esas carreras largas, 2) empezar a trabajar luego de salir de la universidad, 3) emplearse para otro para toda la vida. Debemos permitir que nuestros jóvenes vean el mundo como lo que es en la actualidad, un lugar hecho para las máquinas, la tecnología, los teléfonos inteligentes y las tabletas. El mapa de vida laboral que quizás funcionó hace mucho tiempo es obvio que ya no va a funcionar más.
Debemos detener la mentalidad de isla que tenemos y mostrar a nuestros jóvenes lo grande que es el mundo. Ahí afuera les espera un sinfín de carreras especializadas más cortas, decirles que los oficios no son degradantes y que pueden hacerlos independientes económicamente sin quitarle el status, por ejemplo, quizás sea mejor estudiar algo técnico en INFOTEP primero, conseguir un empleo y luego hacer esa carrera en la universidad sin prisas y aprendiendo de verdad. Que pueden por ejemplo, intentar hacer seis meses un programa de intercambio, aprender otro idioma y otra cultura y llegar enriquecido con la experiencia. Que pueden intentar emigrar a otro lugar que no sea USA y que tienen las facilidades y procesos para aceptar al inmmigrante. Que pueden hacer de este país un lugar auto sostenible donde existan los productos hechos en las cocinas y las salas de la casa y consumidos por nosotros mismos. Existen un sinfín de opciones que no deben ser limitadas a las instituciones y a los procesos que ya conocemos.
Debemos preguntarnos, si nuestras universidades son tan buenas como dicen que son, porque no hay ofertas de trabajo esperando por nuestros graduados, como pasa en Harvard, donde sus estudiantes ya tienen ofertas sin haber salido de la universidad.
El mundo laboral, es tan grande como lo quieran ver. Solo hay que salir afuera y encontrar esas distintas opciones que nos brinda la vida como es ahora.
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